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Jane Ale: oficio, melodía y ochenta quilates en la Sala Manolita.

La vida del músico suele ser un trayecto lleno de aristas: furgonetas cargadas de madrugada, pruebas de sonido interminables y esa incertidumbre crónica de no saber qué te espera al otro lado del telón. Pero hay noches en las que todo encaja. El pasado viernes 27 de febrero, la Sala Manolita fue escenario de una de esas veladas donde la experiencia y la ilusión se dan la mano sin fisuras en el magnífico entorno del festival PlayLleida.

Porque, aunque el nombre pueda sonar reciente, Jane Ale no son precisamente unos recién llegados. Sus integrantes acumulan décadas de escenarios, proyectos y canciones a la espalda. Y eso se percibe desde el primer acorde: en la seguridad con la que pisan el escenario, en la precisión de los arreglos y en esa naturalidad que solo concede el oficio.

La sala registró una entrada generosa y heterogénea: veteranos de la escena local, nuevos curiosos y seguidores fieles que no estaban dispuestos a perderse la cita. Había electricidad en el ambiente, ese murmullo previo que anuncia que algo importante está a punto de suceder. Y sucedió.

Desde la primera embestida, el quinteto desplegó su universo sonoro: pop-rock de raíz anglosajona, reverberaciones ochenteras y una pulsión melódica que no pide disculpas por ser directa. Hay ecos evidentes del synth pop y el power pop que marcaron una época, pero aquí no se trata de nostalgia complaciente. Jane Ale reivindican ese legado y lo actualizan con convicción, sin caer en la caricatura retro.

La voz —carismática y firme, con el punto justo de aspereza cuando la canción lo exige— conduce un repertorio que alterna luminosidad y densidad emocional. Las guitarras trazan paisajes amplios, con capas que se entrelazan sin invadirse; el bajo delimita el terreno con elegancia; la batería empuja con determinación, sin estridencias innecesarias. Y los teclados, sutiles pero decisivos, aportan esa textura que compacta el conjunto y le otorga identidad.

Uno de los momentos álgidos de la noche llegó con una pieza más oscura e intensa, donde la banda mostró su vertiente más atmosférica. Fue uno de esos instantes en los que el público deja de hablar, baja el móvil y escucha. Y cuando una sala entera calla, es que algo está funcionando.

No faltaron tampoco los pasajes más expansivos: canciones de aire más bailable, con ese equilibrio entre folk y pop abierto que invita a palmear y corear estribillos casi sin darse cuenta. El cierre, celebrado y cantado a pleno pulmón, tuvo sabor a clásico instantáneo, de esos bises que parecen inevitables.

En definitiva, Jane Ale practican un ejercicio de estilo ejecutado con convicción y oficio. No pretenden reinventar la rueda; prefieren hacerla girar con fuerza, apoyados en buenas canciones y una actitud honesta. Si el pop-rock con músculo melódico y alma ochentera sigue teniendo sentido —y lo tiene—, lo vivido el 27 de febrero en la Sala Manolita es exactamente el tipo de concierto que reconcilia con el directo.

Hay bandas que prometen. Otras que ya cumplen. Ahora mismo, Jane Ale pertenecen a las segundas.

crónica by Wiam y Arnau @ipopfmradio
photos by Wiam y Arnau @ipopfmradio

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