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El Verbo Odiado: electricidad contenida y catarsis.

Hay conciertos que funcionan como simple puesta al día y otros que operan como declaración de intenciones. Lo de El Verbo Odiado en la Sala Manolita de Lleida perteneció claramente a la segunda categoría. Viernes 20 de febrero. Afuera, corrillos repasando letras y discos como quien invoca un ritual; dentro, un escenario en penumbra y esa tensión previa que anticipa algo más que un repertorio bien ejecutado.

La cita formaba parte de PlayLleida, un ciclo que viene consolidándose como dinamizador clave de la escena en la ciudad, apostando por propuestas que combinan riesgo y coherencia artística. En ese contexto, el regreso de la banda oscense encajaba con precisión quirúrgica.

Activos desde 2012 y convertidos con los años en uno de los nombres más sólidos del indie rock alternativo estatal, El Verbo Odiado reaparecen en 2025 con nueva etapa bajo el sello Intromúsica y canciones inéditas en el horizonte. La incógnita no era si iban a responder en directo —eso se da por hecho— sino qué matices traería esta nueva fase: más crudeza, mayor densidad, otra vuelta de tuerca emocional.

El apagón de luces comprimió el murmullo en un grito seco. Los primeros acordes despejaron cualquier duda: la melancolía sigue siendo columna vertebral, pero ahora se presenta con mayor cuerpo y una pegada más calculada. El repertorio enlazó cortes ya asentados —“Tú ganas” (2018), “Nada que celebrar” (2020), “El último homenaje” (2022)— con los nuevos temas producidos por Santi García, que añaden tensión y profundidad sin diluir la esencia del grupo. Hay más capas, más atmósfera, pero el núcleo permanece intacto: guitarras que arañan y letras que convierten la vulnerabilidad en trinchera.

La Sala Manolita se transformó en un espacio de combustión lenta. Crescendos sostenidos hasta el límite, silencios estratégicos que amplificaban cada estribillo y una sensación constante de caminar sobre una cuerda floja emocional. El público, entregado desde el primer bloque, coreaba como si cada canción funcionara como una confesión compartida.

Lejos de cualquier épica impostada, El Verbo Odiado construyó una hora y media de intensidad sostenida. Lo suyo no va de artificios, sino de tensión bien administrada. Y cuando esa tensión se libera, el efecto es inmediato: una catarsis colectiva que confirma que PlayLleida no solo programa conciertos, sino momentos.

El cierre llegó entre aplausos largos y miradas que pedían una última bala. Afuera, el frío seguía intacto. Dentro —y en quienes abandonaban la sala— todavía vibraba el eco de unas guitarras que, por una noche, hicieron latir Lleida con pulso propio.

crónica by Wiam y Arnau @ipopfmradio
photos by Wiam y Arnau @ipopfmradio

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