Hay festivales que programan conciertos y otros que construyen discurso. El MUD —Músiques Disperses— pertenece, desde hace tiempo, a la segunda categoría. En su 19ª edición (12–15 de marzo), el certamen leridano vuelve a trazar una cartografía donde la tradición no es un museo sino un organismo en mutación constante. Folk como punto de partida, sí, pero también como excusa para explorar fricciones: electrónica de raíz, songwriters heterodoxos, dub militante y revisiones patrimoniales sin naftalina.
La edición 2026 insiste en esa tensión entre memoria y contemporaneidad, desplegando su programación en espacios como el Cafè del Teatre, el Auditori Enric Granados y el Teatre de la Llotja, tres enclaves que permiten modular la experiencia sonora del recogimiento acústico al pulso eléctrico.
Jueves: el mestizaje como trinchera
La apertura con Asian Dub Foundation no es casual. Su mestizaje de dub, jungle y activismo político encarna una idea expandida de música de raíz: diáspora, identidad híbrida y resistencia cultural. En el contexto del MUD, su presencia funciona como declaración de intenciones: la tradición también puede ser urbana, combativa y atravesada por la globalización.

Viernes: relato y pista de baile
El viernes dibuja un interesante díptico. Por un lado, Santiago Auserón junto a La Academia Nocturna revisita su inagotable diálogo con el son, el rhythm & blues y la canción literaria. Auserón siempre ha entendido la raíz como investigación filológica y aventura eléctrica a partes iguales; su encaje en el MUD es casi orgánico.

En el otro extremo de la jornada, el DJ set de Shantel convierte el folclore balcánico en dinamita de club. Si algo ha demostrado el productor alemán es que la tradición puede sobrevivir —y transformarse— bajo la lógica del sample y el beat programado. El MUD, lejos de purismos, abraza esa deriva.

Sábado: territorio y nueva sensibilidad
El sábado baja el foco hacia la proximidad. Propuestas como las de Pau Castellví o Ponent Roots refuerzan la conexión del festival con su ecosistema inmediato: escena local, identidad de Ponent y circulación de repertorios propios.




Ya en horario nocturno, Terrae reivindica el paisaje —literal y sonoro— de las Terres de l’Ebre desde una óptica contemporánea y atmosférica, mientras que L’arannà reformula la tradición pitiusa con sensibilidad pop y un cuidado trabajo vocal. Dos maneras de entender el arraigo sin caer en el costumbrismo.
Domingo: transmisión y legado
El cierre dominical introduce una dimensión pedagógica y transversal con El Pony Menut, que acerca repertorios tradicionales al público infantil sin condescendencia. Y culmina con el concierto en solitario de Ben Harper, figura que sintetiza como pocas el cruce entre folk, blues y soul contemporáneo. Su presencia aporta una lectura más clásica del songwriter global, pero igualmente permeable a la mezcla de géneros.


Un festival que piensa en términos de genealogía
Lo que distingue al MUD no es únicamente el cartel, sino la coherencia subterránea y precisa que lo atraviesa. Cada artista dialoga con una genealogía distinta: la diáspora británica en clave dub, la canción intelectual española, el folklore balcánico remezclado, las tradiciones catalanas revisadas desde la intimidad o la épica americana del blues-folk.
En un circuito saturado de eventos clónicos, el festival leridano mantiene una personalidad curatorial reconocible: riesgo medido, equilibrio entre nombres de peso y descubrimiento, y una concepción del folk como lenguaje vivo. No se trata de preservar, sino de activar. Y en ese gesto —más político que nostálgico— el MUD vuelve a demostrar por qué sigue siendo una rara avis imprescindible dentro del mapa estatal.
crónica by @ipopfmradio – photos @mudfestival.